Tres de la mañana: el impacto de algo contra el suelo.
Me incorporé en el sofá, sudoroso, helado, con las pupilas dilatadas y nerviosas concentradas en la oscuridad perentoria. Contuve la respiración para escuchar, pero la noche se encontraba tranquila como una reina de mirada imperturbable. “No habrá sido aquí, habrá sido un vecino recién llegado de borrachera. Se ha chocado contra un mueble y ha tirado alguna cosa. O quizás ha sido una carpeta. Anoche la dejé mal puesta en el despacho y se ha caído toda la pila. Tiene que ser eso, seguro que es eso”. Cada noche, me repito lo mismo, aunque sé perfectamente de dónde ha venido el ruido.
Hace dos semanas que he dejado de dormir en mi cuarto. Quizás haya sido una medida demasiado excesiva, inútil, tal vez, pero al menos, cada noche que golpea, cada noche que el estruendo me desvela, no estoy allí para observarlo. La primera noche probablemente fue la peor de todas. Aquella vez, solo fue el golpe, pero el hecho de haberlo escuchado tan cerca y no encontrar ningún indicio de su procedencia, me tuvo en vela a la espera de que volviese a repetirse. Mi cara por la mañana fue la prueba ineludible de mis andanzas nocturnas. “Ojeras de ladronzuelo”, les decía mi abuela, medio cómplice y medio inquisidora. Ojalá aquella mañana hubiese tenido ese aspecto por culpa de haber robado unas galletas, y no por haber estado deambulado como un neurótico en busca de un ratón pendenciero o un libro suicida estampado en algún rincón del ático. A pesar de no haber encontrado nada, aquel ruido siguió rondando por mi cabeza, una y otra vez, recreándose en mis recuerdos como si el dedo de un dios juicioso lo estuviera reproduciendo, una y otra vez, sin tregua, en un ciclo amargo de tortura.
Por si fuera poco, a la mañana de aquella primera noche, mi pareja me llamó desconsolada: su madre había aparecido muerta. Un robo con violencia que se había ido de las manos. Los ladrones se habían llevado un collar de esmeraldas que había pertenecido a la familia desde hacía décadas, una de esas piezas que son únicas en el mundo y que por algún motivo que no me atreví a preguntar estaba en posesión de una octogenaria que vivía en casa sola sin ninguna vigilancia. Al parecer, estaba valorado en 50000 euros, según confirmó la prensa ese mismo día, una cifra que me hizo plantearme el nivel económico de la mujer con la que llevaba ocho meses saliendo. Yo ni siquiera conocía a la fallecida, ni tampoco a la mayor parte de la familia. Por eso no acudí al entierro, ni al velatorio, ni a nada. Todo bajo petición de Dolores que prefería no tener que lidiar con “una lluvia de comentarios sarcásticos” en el momento más complicado de su vida. Desde luego, yo también prefería ahorrarme ese mal trago, y más aún con todo lo que se vino en los siguientes días.
Un ruido seco, sordo, inteligible: el impacto de algo contra el suelo. “Ha sido aquí dentro, estoy seguro de que ha sido aquí dentro. Muy cerca, casi como si hubiese caído al otro lado de la puerta. O dentro, quizás, en mi propio cuarto. Quizás, se encuentre tirado aquí a mi lado”. Con el cuerpo rígido y unas gotas de sudor gélidas escurriéndose por mi espalda, asomé la cabeza hacia el borde de la cama. Junto a la pata de metal, unas formas alargadas despertaron una fragua en mi pecho. Dos ratas muertas, gemelas, con las tripas salidas del estómago, se dibujaron en mi mente unos instantes antes de poder distinguir las zapatillas de felpa. La luz de las farolas se filtraba levemente entre las rendijas de las persianas, distorsionando las figuras de todo lo que alcanzaban, entregando el cebo perfecto para mi mente trastornada. Las chaquetas en el perchero, los restos de un cadáver despellejado; la puerta entreabierta del armario, la bajada hacia un sótano de la que una mano estaba asomando.
Lentamente, me deslicé por la cama para comprobar que no hubiese nada en el suelo por el lado contrario. El cesto de la ropa sucia en el que había metido hacía dos noches mi chaqueta y las botas estilo militar que habían quedado abandonadas cada una en una postura distinta eran lo único que alcancé a apreciar desde mi atalaya de sábanas. Mucho más calmado, aunque aún alerta, me levanté de la cama y me dispuse a salir del cuarto. Caminando de puntillas, me acerqué hasta la puerta cerrada y apoyé la oreja sobre ella. Me mantuve así quieto, pero tan solo podía apreciar el zumbido hueco de la noche. De vez en cuando, el crujido de alguna balda del parqué o el impacto del viento contra una persiana aparecía para tratar de calmar mis miedos, pero, tras unos segundos de reflexión enfermiza, comprobaba que su sonido apenas se asemejaba. De igual manera, si se trataba de un intruso, podría encontrarse escondido intentando no hacer ruido, agazapado con un cuchillo tras la islita de la cocina o abrazado a mi portátil tras el cheslón que me habían traído la semana pasada. Fuera como fuera, no podía quedarme ahí quieto toda la noche hasta que el golpe se repitiera, ni mucho menos volver a dormirme, pues sabía que el más mínimo de los sonidos iba a lograr alarmarme.
Bajando con cuidado la manilla, empujé la puerta sin apenas despertar un ruido. A primera vista, no había nada, pero aun así permanecí unos segundos quieto. Un chasquido de tubería, el bufido de un gato, de nuevo el viento, pero nada que diera una pista sobre el intruso. “Es absurdo. Tienes que habértelo imaginado. Seguro que es por el estrés del trabajo. No estoy acostumbrado a tanta carga y estoy más susceptible de la cuenta. O lo he soñado, seguramente. Creo que una vez vi un vídeo de…”. Se desplomó la cómoda a mi espalda.
A la mañana siguiente, amanecí en el sofá sin apenas haber pegado ojo en toda la noche. Tenía el cuerpo como embotado, y al mirarme al espejo puedo ver el rostro de un hombre muerto. Día tras día, mis mañanas y mis noches fueron adquiriendo tintes de monotonía. Por la noche el incidente, por la mañana la recogida. A veces, tenía suerte y solo era el cajón el que se había abierto, el último, siempre el mismo, así que solo tenía que acercarme para cerrarlo con la pierna y continuar sin más con mi rutina. Pero otras, como esa segunda noche, el mueble se precipitaba como si alguien lo empujase o se quedaba apoyado a los pies de la cama. Una vez, incluso el cajón salió disparado y tuve que encajarlo en sus railes para poder cerrarlo. Fue ese día cuando lo vi, ahí dentro, envuelto en un pañuelo blanco. Ese día, me di cuenta de lo que había hecho; ese día, al fin pude recordarlo. Permanecí en la cama sentado un rato, con los ojos muy abiertos y aquello en la mano, recordando, poco a poco, recordando el golpe que había dado.









