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Capítulo 2: Una demostración de fuerza

      —¡Estira esa espalda! —me ordenó el instructor Alan asestándome un golpe con el palo de combate.
     Por suerte, esta vez me dio más en el costado que en la columna, lejos del moratón que abarcaba mis lumbares desde hacía tres semanas, pero, aun así, ardía, ardía porque llevaba más de nueve meses envuelta en ese ciclo de torturas que ellos llamaban entrenamiento. A partir de los 15 años, toda mujer que tuviese la más mínima conexión con el flujo mágico, ya fuera porque su linaje lo atestiguara o porque hubiese habido una demostración de poder pública, debía someterse a la educación marcial de la aldea. Si no era el caso (o si eras así de afortunada), podías optar por una vida tranquila cuidando de tu familia o, si tenías ambiciones propias, se te permitía elegir la profesión que quisieras, eso sí, que tuviera utilidad para la aldea. Desde pequeña, yo siempre quise ser tejedora. “¡Menudo sueño!”, pensarán algunos, pero es que ese era el sueño de mi abuela.
     Tata nunca pudo vivir su vida. Con diez años, el flujo mágico se manifestó en ella, en mitad de una plaza, donde todo el mundo podía verla. Era verano y estaba jugando con su mejor amiga. Las baldosas de piedra resonando con cada pisada, un grupo de señoras que las reprendía, los rayos de sol haciendo chorrear sus caras, un perro ladrando, un carromato con un vendedor de verduras, unos transportistas realizando una mudanza con un sistema precario de poleas. De pronto, la rotura de una cuerda desgastada, y Tata vio a cámara lenta cómo la caja se precipitaba sobre la sonriente cara de su amiga. Ella no pensó que pudiera hacer nada, simplemente alargó el brazo y los hilos de magia azul brotaron de sus yemas. Cuando entraron en contacto con la espalda de su amiga, Tata tiró y la caja reventó contra las baldosas. Desde ese día, su vida no volvió a ser la misma.
     Pero en mi caso, la magia no surgió de la misma forma. No fui heroica, no fui buena, no me convertí en el orgullo de la aldea. Hubo sangre, hubo desgracia, y la deshonra sobre mi familia hizo que mi madre me abandonara. Solo quedaba Tata, mi único escudo contra la...
     —¡Concéntrate, Amelie! ¡La espalda!
     De nuevo, un varazo, esta vez en el moratón. El dolor me recorrió todo el cuerpo hasta estallar en la cabeza, como si de alguna forma todos mis moratones se hubieran conectado en una única mancha de agonía. Estaba harta, estaba harta de los entrenamientos, de los instructores y de la Academia. Estaba harta de esa maldita ley que me había alejado del único ser que me quería y cuya pena al alejarnos podría acabar con su vida. No sabía si volvería a verla, no sabía si aquella imagen que tenía de ella sería la única que conservaría en mi memoria. Sus ojos desencajados, chorreando lágrimas, sujeto su frágil cuerpo por dos soldados para que no se interpusiera. Si hubiese querido, podría haberles cortado en pedazos con sus hilos. Pero no quiso. A pesar de lo injusto que era aquello, no lo hizo. Me dejó marchar, sabiendo que podría haberlos matado, sabiendo que a pesar de sus ochenta y cinco años podría masacrar a mis captores y sacarme de esa aldea sin que un solo soldado me pusiese la mano encima. Pero no lo hizo, no lo hizo por mí. “La violencia solo trae más violencia, mi niña, y yo ya he derramado demasiada sangre en nombre de la Justicia. No dejes que te hagan lo mismo, no dejes que te conviertan en su bestia”.
     El palo de combate se dirigió hacia mi espalda de nuevo, pero lo detuve con el mío justo a tiempo. Los ojos grisáceos de Alan se expandieron en una fusión de asombro y satisfacción. Cada vez que me tocaba entrenar con él, rompía mis defensas con la misma táctica. Me distraía con una sucesión de ataques potentes para los que debía concretarme en fortalecer mis músculos y no perder el equilibrio y de pronto realizaba un movimiento rápido del que podría defenderme. “Tienes que ser capaz de tener un control total sobre tu cuerpo. Para vencer al enemigo, debes estar preparada para lo imposible”.
Alan dejó de hacer presión con el palo, se puso muy firme y ladeó la cabeza con los ojos achinados.
     —Solamente estuve preparada.
     —¿Así que te vas a poner chula conmigo? ¿Estás segura? ­—me preguntó a la vez que me arqueaba una ceja.
     —Si de algo estoy segura es de que estoy harta de que me peguéis estas palizas.
     Al decirlo, traté de poner una voz más dura que de costumbre, y creía que había surtido efecto, pero Alan tomó una actitud intimidante inclinándose para poner su cara frente a la mía.
     —Vigila tus palabras, Amelie, estás hablando con un Instructor.
   —Con uno que me permite descansar más de la cuenta y me pasa raciones extras a escondidas —expresé, cruzando los brazos y achicando ahora yo los ojos.
    Rápidamente, Alan se acercó mucho más y me agarró con fuerza de uno de los bazos. Por un momento, su mirada se desvió hacia la pareja que se encontraba entrenando a unos seis metros: un chico rubio y un instructor calvo y corpulento. El último no dejaba de mirarnos.
     —Amelie, haz el favor de bajar la voz.
     Por su gesto, podía decirse que no solo estaba irritado, sino también ofendido, asustado y ligeramente decepcionado. Una amalgama de matices que por mi precaria edad y exceso de suficiencia no fui capaz de percibir en aquel momento. Quizás, si hubiese podido darme cuenta, las cosas no hubiesen acabado como lo hicieron.
     —¿O si no qué? ¿Me llevarás ante los Tres Grand…?
   Antes de que pudiera terminar, el palo ya me había golpeado en los tobillos para desequilibrarme. Después, un movimiento fugaz, y la punta del arma se hundió en mi pecho y me empujó violentamente contra el suelo. Al momento, perdí la respiración, y todos y cada uno de los moratones de mi espalda me ardieron como si me hubiera puesto un hierro ardiendo. Traté de liberarme como pude, pataleando y golpeando el palo con las manos para que dejase de oprimirme. Pero no era capaz de moverle un ápice, sino que, en su lugar, hundía más la punta entre mis costillas, provocándome un dolor terrible.
     —¿Vas a seguir? ¿O ya te queda claro quién manda? —exclamó con un tono de voz marcadamente elevado.
    Aquello no era solo un castigo por abusar de su buen trato, sino también una demostración de fuerza para los observadores. Ahora, el instructor calvo sonreía con malicia.
     —¡Me queda claro…! ¡Me queda… claro! ¡Pero para!
   —¿Vas a decirle eso a un inconcluso si te lo encuentras? ¿O a un hechicero de nivel supremo? ¿O a un asesino a sueldo? ¿O a una bestia que lleva tres lunas sin comer? ¿Qué harás, Amelie? ¿Los matarás a todos con tu actitud de niña malcriada? —me gritó con la mirada desencajada, una mirada que jamás había visto en Alan. En otros instructores, sí, pero jamás en Alan, era como si fuera una persona distinta. Sin embargo, como si hubiese estado presa de un hechizo, esa mirada se apaciguó de improvisto, y su tono se convirtió en un susurro— Ya que tenemos su atención, demuéstrales de qué pasta estás hecha.
   Me sonrió, y el pánico que sentía se convirtió en furia. Palpé el suelo rápidamente, tratando de alcanzar el palo de combate que sabía ya que no alcanzaría. “¡Amelie, piensa! ¡Hay que defenderse! Mi magia es peligrosa, así que podría matarle. ¿Quiero matarle? Sí. No. Tirarle arena podría cegarle, pero no apartarle. ¿Hará menos fuerza? Sí. No es suficiente. Las patadas en la espinilla no funcionan. ¿Quizás en las pelotas? No. No será bastante. O sí. Un momento… ¿Qué… es esto?”. En mi mano derecha, un objeto de tacto rugoso: una piedra, tan grande que ocupaba mi mano entera. Era arriesgado, pero podría servirme. “Espero no arrepentirme”.
     Sin dudarlo, se la lancé a la cara, directamente a un ojo. Alan chilló de forma estridente, generando un grito ahogado en la audiencia, pero también sirviendo para liberarme. Recuperé el bastón y me levanté, preparada para el ataque. Sin darme cuenta, la explanada de arena se había convertido en un anfiteatro de instructores y aprendices, todos ellos expectantes ante mi siguiente movimiento. Podría haber parado y eso hubiese sido todo, haber recibido el golpe de vuelta de Alan, una reprimenda y ser arrastrada del pelo hasta mi cuarto para luego encontrarme un pastel de carne en el poyete a las tres de la mañana. ¿Pero era bastante con tirarle una piedra a un instructor? ¿Era bastante como para llamar su atención? Había estado meses buscando una oportunidad como esa. No podía desaprovecharla, no ahora.
     Alan levantó la cabeza con la mano en el ojo, corriendo sangre por su mejilla y goteando en la arena blanca. Estaba colérico, con el rostro tan enloquecido que se le marcaban las arrugas. Le había herido, demasiado, y de golpearme él no se contendría. Aprovechando su visión afectada, realicé un movimiento rápido hacia su costado en el punto ciego. Evidentemente, por más que intentó defenderse, no fue capaz de detenerme, al igual que los siguientes. Alan me había enseñado bien, demasiado, tanto que un enemigo tuerto no podría ni rozarme.
    El siguiente ataque, fue directo a la entrepierna, en ángulo ascendente. “Todos piensan que el pecho o la cabeza son las mejores zonas para matar un hombre, pero se equivocan. Los huevos siempre son el punto débil”. Alan se retorció con aquel golpe, pero, inmediatamente, no pudo evitar sonreírme tímidamente. Quizás, por ese despiste, tampoco pudo frenar la estocada en el estómago o el golpe en el otro costado o en el brazo que tapaba el ojo o en el lado sano de la cabeza. ¿Me estaba dejando ganar o estaba atacando tan rápido que con un ojo dañado era incapaz de detenerme? Fuera como fuese, le estaba golpeando a un instructor, más bien, dándole una paliza, algo que jamás había visto en esos meses. Normalmente, éramos los aprendices los que las sufríamos, no al revés, así que no era de extrañar que muchos me mirasen de esa forma: con un sadismo exultante. De alguna forma, me había convertido en la manifestación de sus deseos más profundos, los más crueles y oscuros, unos deseos que, por más que me costase reconocerlo, también eran míos.
     ¿Podría decirse que quería matarle? No. ¿Iba a detenerme por más que la demostración de fuerza hubiese quedado clara? Por desgracia, no. Y no es algo de lo que me sienta orgullosa. Después de nueve meses de torturas, maltratos, vejaciones y privaciones, aquella estaba siendo la primera vez en la que toda mi rabia estaba pudiendo liberarse. Un golpe en las costillas por los ayunos forzados, otro en la rodilla por las humillaciones públicas, otro en la espalda por tantas noches en las que fui sacada de la cama y arrastrada a un ring del que salía ensangrentada. El labio roto, varias costillas fracturadas, una constitución tan demacrada que ni el brillo en el cabello me acompañaba. Ya no quedaba en mí nada de ella. Ya no había nada de esa niña que vivía con su abuela, que tejía por las noches a la luz de la luna, que reía, jugaba, soñaba... La habían matado, desintegrado, calcinado, habían eliminado cada mínima esperanza atesorada en su alma. Su esencia, su yo, su huella… Y ahora era otra chica quién la habitaba. Ni siquiera en el espejo, cada mañana, podía reconocer quién la miraba.
     Por eso, empecé a gritar mientras lo golpeaba. Ya no con movimientos rápidos, precisos y cargados de técnica, sino con brutales golpes como embestidas de una bestia que quería hundir los cuernos en la carne y sacar de ella las tripas. Me sentía bien, poderosa, desatada… Como si me hubiese liberado de un grillete que me había estado conteniendo. Incluso quizás, si me concentraba, podría…
     —Basta —sentenció una voz gélida al mismo que frenaba el palo a unos centímetros de su cuerpo.
     Intenté mover el palo para recuperar la posición de combate, pero el palo no se movió ni un centímetro, como si estuviera sostenido por unas manos invisible. Por la forma en la que había pronunciado esa única palabra, podía intuir que había algo de autoridad que la respaldaba. No era una aprendiz, ni una instructora, ni siquiera una capitana o comandante, era de un rango superior, de aquellos con los que te cruzabas por los pasillos y traían el silencio a su paso. Seguí intentando mover el palo, pero no fui capaz de moverlo a pesar de tirar de él con ambas manos. Miré a Alan, con un ojo hinchado y amoratado y una ceja y el labio partidos. En su mirada, podía apreciarse el terror, nada que ver con el miedo que había manifestado mientras le golpeaba, sino algo mucho más profundo. Estaba aterrorizado, verdaderamente aterrorizado, como si aquello que se aproximara fuera peor que la muerte misma. Entonces, me percaté de algo: el sonido de unos tacones de aguja.
     Al instante, me quedé paralizada, consciente de lo que aquello suponía. Estaba muerta, o peor aún, acabaría en la Cámara de Compostura. ¿Una demostración de fuerza? Aquello no había sido una demostración de fuerza. Había golpeado brutalmente a un instructor, lacerado, fracturado huesos, humillado… Me había excedido con creces. “Tienes que huir. Huye, huye, huye, huye… O, quizás… Quizás pueda… No debería… Sí… Es la única alternativa… De todas las circunstancias, esta es quizás la única en la que podr…” De repente, la madera chascó entre mis manos y unas grietas se reprodujeron por todo el palo. “Oh, mierda…”
    Antes de que pudiera apartarme lo suficiente, el palo estalló en una explosión de astillas que se abalanzaron directamente hacia mi cuerpo. Traté de cubrirme el rostro con los brazos, procurando que el impacto fuera lo menos doloroso. Sin embargo, no recibí daño alguno, sino que escuché un zumbido ensordecedor como un enjambre colérico. Al apartar los brazos, el asombro y la admiración me invadieron. Un tornado de diminutas astillas me rodeaba girando a una velocidad tan vertiginosa que mis observadores apenas eran manchas difusas. Ese tipo de magia… Solo había una persona en toda la Academia que pudiese hacer uso de una magia como aquella... Solamente…
    —Así que tenemos a una pequeña fierecilla entre nosotros… Y yo que pensaba que no íbamos a tener a ninguna joven promesa hasta la próxima primavera… —declaró Tereya, General de la división de Artilleros. A pesar de que podía oírla muy cerca, no era capaz de distinguirla— Qué calladito te lo tenías, Alan…
     —No… era… consciente de que… —balbuceó Alan, tratando de contener la tos.
    —Que yo sepa no te he dado permiso para que hables. Pero a ti sí, niña. Dime. ¿Por qué has hecho esto a tu instructor? Según tengo entendido, te ha dado siempre un buen trato. Incluso se ha creído que soy tan tonta como para no saber que te ha estado dando comida a escondidas.
     Aquello me puso rígida, pero no me achanté, y decidí ignorarlo. De todas formas, para mí no habría consecuencias por aquello, pero sí para Alan. Como si no tuviera bastante con la recuperación que le esperaba…
     —Trató de someterme, y no soy de las que se dejan humillar fácilmente.
Mentía, pero valdría, hasta casi pude notar como se le dibujaba una sonrisa.
     —Y así debería ser para todos los miembros de nuestro Ejército. Como futuros soldados, no debéis dejaros pisotear por nadie. Una cosa es el respeto a la cadena de mando y otra muy distinta el sometimiento injustificado. Si eres más fuerte, debes probarlo, y no hay mejor forma que como vuestra compañera ha hecho hoy mismo —exclamó con un todo de voz más elevado, como dirigiéndose no tanto a mí sino a mi público, que, ahora, se había convertido en el suyo—. Yo misma asesiné a mi capitán atravesándole el cráneo con una efigie sidiana cuando apenas era cabo. Se había sobrepasado en sus funciones y alguien tenía que detenerlo.
   Un murmullo comenzó a levantarse, volviéndose aún más fuerte que el de las astillas rodeándome. Aquello no me gustaba ni un pelo. No era lo que yo era quería, y mucho menos lo que Alan quería.
  —Mi General, Alan solo trataba de ponerme a prueba, no creo que su intención real fuera…
   —¿Dudas ahora de tus propias palabras? —me cortó, y, por un instante, pude apreciar dos destellos verdes observándome— Hace un instante dijiste que trató de someterte. ¿Acaso me estabas mintiendo? A mí, a una superior.
   Nada más decir aquello, las astillas se detuvieron en seco y pude verla observándome entre los huecos. Sus ojos como dos jades oscuros, su cara de institutriz con la vara demasiado suelta, el cabello rubio recogido en un moño por un coletero de plata. De todo su cuerpo, su pelo era quizás el único rasgo visible de su edad. Ni una sola arruga, ni una sola muestra de dolencia, ni una sola mancha que enturbiase su piel ligeramente dorada. Por no hablar de su uniforme, liso como si acabara de plancharse, con las medallas plateadas resplandeciendo en el lado derecho del pecho. La chaqueta jade con las solapas plegadas en blanco, igual que los botones, las charreteras, los cordones cruzados y los zapatos. Bajo todo ello, una armadura escamosa de tzanario, el metal indestructible extraído de la región de los enanos que le da nombre. Según decían, la general solía entrar en batalla revestida de esa armadura y un casco de cabeza de dragó. Solo de imaginarla, el cuerpo se me estremecía.
Pero ahora, no era su aspecto lo que me imponía, sino la clase de magia que controlaba con una sola mano contraída. Sin esfuerzo, casi con desgana, como si para ella aquello no fuera más que un juego de niños
     —No es eso… Solamente dec…
    —Tranquila, cariño. Sé muy bien lo que te ocurre. Has puesto las cartas sobre la mesa y ahora temes haberte excedido. Sé muy bien cómo siente el amargo dulzor de estar en el poder, por eso voy a ayudarte a digerirlo.
     Entonces, ocurrió.
    Con un movimiento desdeñoso, dirigió la mano hacia Alan y todas las astillas salieron precipitadas. Su aullido fue tan desgarrador que tuve que taparme la boca para ahogar un grito, algo que muchos de los espectadores no lograron hacer a tiempo. La General Tereya no se caracterizaba precisamente por ser poco agresiva, pero aquello superaba cualquier rumor que hubiese podido oír sobre ella. Durante un minuto que me pareció eterno, Alan se estuvo retorciendo en el suelo sin que yo ni nadie nos moviéramos un centímetro. Un centenar de agujas de varios centímetros atravesaba su piel y su ropa, incluso algunas le perforaban los ojos y los labios y varias también la entrepierna. Trató de arrancárselas a arañazos, incluso se restregó por el suelo con violencia. Pero aquello solo sirvió para que se desangrara más y más rápido y el dolor aumentara al tener en su interior astillas partidas. El tiempo que duró la escena me pareció que Alan no me quitaba el ojo de encima, su único ojo abierto, inyectado en sangre y atravesado por el iris y la esclerótica. Me miraba desesperado, colérico, decepcionado, como queriendo recordarme que yo había sido la responsable de todo aquello. Había matado a un hombre, a mi instructor y, sobre todo, al único que me había tratado como a un ser humano.
     De pronto, dejó de moverse. Pero la sangre se siguió expandiendo en la arena.
     —¡Bueno, niños, ya está bien por hoy! El espectáculo ha terminado. Proceded a volver a vuestras habitaciones y esperad las órdenes de vuestros instructores —exclamó dando palmadas como si no hubiera un hombre muerto tendido sobre la arena. Un hombre que no paraba de mirarme y que se aparecería en mis sueños cada noche durante los próximos seis meses. No dejé de mirarle hasta que la general me puso la mano sobre el hombro—. Y tú y yo tenemos algo de lo que hablar. Voy a proponer ante la junta que te subamos de curso. Esto se merece una celebración, ¿no?
     La general Tereya me sonreía mientras me sacudía por el hombro, pero yo solo era capaz de ver una sola imagen en mi mente. Sentía como si mi cuerpo estuviera a punto de descomponerse. Me sentía débil, frágil… Tanto que ni siquiera pude resistirme a que me llevase con ella. Sé que me estaba hablando, probablemente halagando o explicando en qué consistían los entrenamientos del curso superior al mío, pero yo no podía escuchar un solo sonido. Ante mí, las parejas de instructores y aprendices se mostraban como ocultas tras una bruma ilusoria. Podía notar cómo me miraban, cómo cuchicheaban, pero no podía entender ni distinguir un solo rasgo de sus caras. Supongo que es lo que ocurre cuando das el paso hacia el abismo, cuando…
     Un golpe seco, y el cadáver de un jabalí balés apareció a mis pies.
    Parpadeé rápidamente y me restregué un mano por los ojos. Junto al animal, la hoguera casi apagada que había encendido Jason y la vara de hierro que me había dormido sujetando. ¿Cuánto tiempo había pasado? Hacía un momento, Jason se había marchado y me había tumbado pensando que dormirse en un suelo de arena era prácticamente imposible, y ahora…
   —Te dije que te quedaras despierta. No puedes andar quedándote dormida así en el Páramo. Hay weroks y bandidos acechando por todas partes. Se duerme de día y en cuevas, ya te lo dije.
    Jason me miraba de forma juiciosa, a apenas unos pasos, con esos ojos rojos como dos lagos de sangre y unas pupilas afiladas igual que los dragones. Según él, un antepasado suyo había sido ungido con la sangre de un Antiguo, pero nunca llegué a creerle del todo. El chico me observaba con el hacha cargada a un hombro, remarcándose su bíceps poderoso. Tenía todo el torso al descubierto, visible la potente musculatura por la que las gotas de sudor discurrían. De forma desenfadada, se sacudió el cabello rojizo para secárselo y dejó caer el hacha ensangrentada junto al tronco frente al fuego. Antes de sentarse, se recolocó el pantalón negro y sacó una manzana y un cuchillo de uno de sus muchos bolsillos. Sus botas se cubrieron levemente de arena al dejarse sobre él.
    Viéndolo allí sentado, mirando fijamente las llamas mientras pelaba la manzana, tuve más claro lo que ya había estado imaginando. Esa mandíbula perfilada, esa nariz tan recta como si hubiera sido tallada por los dioses, los labios carnosos, el pelo rapado y más largo y alborotado por la parte alta… Y la sonrisa… Esa sonrisa de niño pequeño que ocultaba tras una actitud de dureza… Había querido evitar pensar en ello, pero, tras menos de veinticuatro horas al lado de ese chico, ya no podía resistirme.
    Aquella noche pasó lo que todo el mundo puede imaginarse. Y la siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Hasta que Jason decidió marcharse.

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