Tres horas allá de la medianoche, una joven alta y bella recogía los retazos de una inesperada noche ebria. El cristal y la ceniza se adherían a la mesa en su intento por raptar un alma pura y libre de brechas. En el exterior, una viejo espantapájaros se alzaba entre los secos campos de maíz proyectando una fantasmagórica forma. El viejo tablón de madera se apostaba entre el alcohol esperando a que un iluso invocase a algún demonio con un vaso y esas letras. Su tardía madurez, sumada a la estupidez de la adolescencia, había traído consigo el ansiando torrente de muerte que desembocaría en tragedia. Borrachera y cansancio se batían en duelo por arrastrar su cuerpo hacia la cuna del sueño. Unas cumbres borrascosas se erguían imponentes, a la espera de que un paso conquistase cada pico. Uno a uno, fue escalando los peldaños acompañada en todo instante por los rostros del pasado encerrados en sus marcos. Pasos crujientes y lejanos corrían apresurados camuflados entre el caos de la tormenta. Las luces fulgurantes de los rayos iluminaron cada una de las puertas y mostraron un objeto en el fondo del pasillo. Una pelota reposaba sobre las tablas, en aquel hogar en el que hacía años que un niño allí no habitaba. La chica avanzó desconcertada, dudosa de si aquello era real o se trataba de una alucinación causada por la embriaguez. En el trayecto, cuando casi hubo alcanzado su objetivo, un filamento rugoso raspó la fina planta de su pié, una brizna de paja. La risa traviesa de un niño le hizo volver a alzar la vista. Ahora, una pequeña sombra se erguía ante la muchacha con una forma curvada pendiendo de su mano. Aquella figura era imperceptible, como si fuera y no fuese al mismo tiempo. Estaba paralizada, no podía moverse. Su forma le resultaba familiar, e incluso por un momento llegó a pensar que podría tratarse de alguno de sus rezagados amigos. Tan solo un resplandor pudo mostrale la verdad. Al vislumbrar aquella afilada azada, no pudo pensar en otra cosa sino en gritar. Descendió a todo prisa sirviendose del miedo como guía y huyó al exterior sin girarse ni un segundo hacia la espantosa criatura. El solo recuerdo de aquellas telas ensangrentadas la alentaba fervientemente en su huida de aquel lugar. La macabra risa burlona avanzaba entre el maizal con un ritmo tambaleante; era imposible escapar, la parca no tiene rival. Las cascadas de sus ojos descendían caudalosamente, suplicando ambas al cielo el perdón por aquel juego. Mas era tarde, la azada su carne había encontrado. Dos días después de esa noche, la familia regresó al hogar tras una escapada sin apenas equipaje. El viaje fue placentero, pero el regalo que encontraron tuvo algo más de espanto. En los campos de maíz, un cadáver ocupaba el lugar del antiguo espantapájaros con el cuerpo apuñalado y atado de manos y brazos. A su lado descansaba el guardián de aquellos campos, muy contento como siempre, aunque un poco ensangrentado.

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