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6 de noviembre de 2016

El árbol del pecado.

La grácil lluvia taladraba la capucha de mi capa como un centenar de abejas que reclama la delirante venganza. Unas manos lodosas atenazaban mis tobillos dificultándome el avance bajo aquel cielo de dioses enfrentados. En la angustiosa oscuridad, las alimañas se retorcían entre el follaje incubando en sus entrañas la pura esencia de la maldad. El cielo brillaba con cada tronada, luces de guerra reveladoras de la crueldad del mundo. Aquella zona del bosque era cruda y desoladora, lugar donde el hombre no habita y el canto del hada perece. Tan solo un loco arrogante sería capaz de adentrarse en un pozo como este. El árbol del pecado se alzaba imponente entre las sombras aguardando a que un viajero se atreviese a adentrarse en su corteza. La gente del pueblo decía que en su interior se encontraba el remedio para cualquier pecado, cualquier lastre cargado por el alma. Aunque no todo el mundo es capaz de encontrarlo, pues tan solo aquel que realmente busque redención podrá lograrlo. 

El tan adulado árbol residía apagado y mortecino en la zona más triste y marchita del bosque. Sus ramas trepaban ondulantes hasta descender en una vertiginosa caída y sus negras hojas de ceniza inspiraban el horror de un volcánico holocausto. Mis pisadas embarradas avanzaban entre los destellos abrumadas por la imagen del verdugo de mil brazos. Con coraje y con valor, coloqué mi mano sobre el tronco, acaricié el terror de la aspereza y accioné el faro de la belleza.  De pronto, múltiples ríos de luz comenzaron a discurrir por las venas de su tronco ramificándose a su avance e iluminando cada palmo. Las extremidades de madera encauzaron la corriente respaldadas por la nueva fuerza que corría por su ser. Un hermoso trono brillante alzaba imponente sus diáfanas hojas. La puerta hacia el resplandeciente infierno se abrió acogedora ante mi exultante y aterrorizada mirada.


El mundo de oro y madera que había encontrado no se asemejaba ni un ápice a la clase de atrocidades que había oído de aquel lugar. Un banco de luciérnagas nadaba entre las brillantes ramificaciones y sacudían a su paso las flores de estambres fluorescentes que brotaban de entre las brechas de la madera. Por un momento, creí haberme introducido en una de esas historias para niños en las que las hadas vuelan felices y las brujas mueren a manos de un apuesto príncipe Pero aquello no era un burdo cuento, era real. Una realidad en que las hadas son viles y la princesa mata a la bruja sin depender de la ayuda de nadie, un mundo cruel en que nadie mira por nadie.

A lo alto, pendiendo de una rama misteriosamente apagada, un candil se balanceaba como mecido por un viento inexistente. Unas voces remotas acusaban al vacío de un delito liviano y pesado. Poco a poco, el eco de su sentencia fue adquiriendo un turbio tono. Las voces me hablaban, me achacaban la tortura de todos sus males. Al principio, no entendía por qué razón me culpaban, pero ,cuando unas paternales sombras aparecieron ante mis ojos, la penuria que en mí anidaba alzó el vuelo hacia aquel farol en la distancia. La jaula raptora del calor de la llama cayó desde el cielo como un astro de rumbo perdido. Su ardiente fuego bailaba caprichoso, haciendose de rogar antes de impactar contra los incorpóreos cuerpos. Un gigantesca llamarada se originó en apenas unos segundos. Las sombras gritaban entre lamentos dejándome paralizada ante tal sufrimiento. La masacre del incendio aumentaba, y las aguas saladas de mi rostro caían con intención de sofocarla. Esa estampa había sido mi tormento cada noche al acostarme, cada noche tras aquel inconsciente desastre. Su carne abrasada se desvanecía en el recuerdo de mi traición mientras que una vida de oro moría a mi alrededor. Todo se desmoronaba, se precipitaba hacia un abismo sin un final aparente. El suelo bajo mis pies se había resquebrajado y me hundía lentamente en aquel pozo de dolor. Un pozo de dolor repleto de vísceras y sangre. El rojo espesor me atrapó al instante. 

Me hallaba en un lugar oscuro, bañada en los últimos restos de aquellos quienes habían perecido en mi camino, todos aquellos que habían sufrido por mi ira debido al mal de mi hermano. Caminaba entre las tinieblas, rozando con mis manos cadáveres de inocentes. La sangre cubría mi piel, mas el dolor brotaban en lo más profundo de mi alma. Una luz rojiza y perturvadora me hizo apresurar la ya dificultosa marcha. Podía soportar cualquier cosa, cualquier cosa menos eso. Sobre una gigantesca roca, un cuerpo desangrado y con la mirada perdida tiritaba violentamente. Su piel estaba completamente pálida, y por sus venas circulaba una luminosa sangre roja. La temperatura de su cuerpo era cada vez más semejante a la de esos cadáveres que flotaban a nuestro alrededor, incluso a pesar de que no parase de abrazarle. Entre lágrimas y llantos, podía sentir como su vida se me escapaba; lentamente, con cada ínfimo temblor. Con el tiempo, sus movimientos fueron haciéndose cada vez más imperceptibles, pudiendo sentir tan solo el palpitar de su corazón que estaba muriendo en mis brazos. Cuando sus músculos al fin se detuvieron, la última de mis lágrimas cayó sobre su pecho y su cuerpo se deshizo con el amor de mi beso. En el silencio, mis llantos resonaron en el vacío de la soledad  y, de entre los cuerpos, unas débiles palabras escaparon por el hueco de mis labios: "Lo siento". 


Una débil y cálida luz acarició mi rostro, una masa viscosa descansaba entre mis manos. Era el fruto del pecado, aquello que salvaría la vida de mi hermano.



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