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2 de diciembre de 2016

Corazón desolado.

El deleitoso aroma de las rosas me embelesaba en un brebaje de armonía y añoranza. Nunca entendí como una flor tan mediocre e insulsa pudo atraerme tanto en un ambiente tan hostil. Quizás la paz que antaño daba a mi existencia no era más que la suma de emociones que abrazaba con dulzura la figura de su ausencia. Su ausencia, su amarga y rugosa ausencia. 

Desde siempre había deseado vivir en un lugar como ese. Un campo lleno de aquellas flores capaces de fracturar la fina línea del tiempo. El tiempo, hermoso y maldito, esa lluvia incendiada de segundos; siempre pasando tan fugaz y marchito, intangible, inapreciable. Siempre al acecho de estrangularte en el frío silencio.

Hermoso pasado en un cielo de nubes de azúcar, en briznas de viento olvidado y sabor a galleta y a frutas. Con ella el cielo brillaba; la tierra era blanca y sagrada, el cielo rosado y plagado de metas. Es precioso volver a observar lo que veo, volver a sentir lo que siento. Parece estar aquí, parezco estar allí. Sus brazos se mueven como alas etéreas de un ave entre estrellas. Como un ángel sin nombre, la sangre se traga su eterna mirada y su carne se pudre a la llegada del alba. 

La roja se expande en el campo bendito, tiñendo la tierra y pudriendo el destino. La masa de carne acude a su paso, abrasando las flores, acabando conmigo. El sueño soñado se parte en pedazos, ya no hay paz ni armonía, ya no hay dulce ambrosía. Un cielo siniestro y marchito acude a mi espera, nubes negras se ciñen, viene ave de presa. 

Con un sucio chasquido, cae el cuervo dantesco. Su mirada profunda y su aliento grotesco; viene a mí con sus garras, va a clavarme su pico. No es pequeño tal piensas, es un hombre, no un cuervo. No eres tú a quien recuerdo, yo soy hijo de un cuerdo. En su ebria locura va soltando su cinto, desabrocha el botón y me pierdo en un grito.

Las llamas de un fuego de muerte me abrasan las ansias de vida y me abren la piel en heridas. Lloro solo en la noche y susurro en el día. Nadie me oye, estoy solo, soy su esclavo de por vida. En los días de paz él vivía tranquilo, amaba a mi reina y acudía en mi auxilio. Ahora él me quemaba, me azotaba con fuerza y me ahogaba en su duelo. No era justo el castigo, yo era el huérfano, él viudo.

En los días tranquilos, solo eran palizas, mas en noches de luto eran cosas sin cabida. En su ira beoda, me quitaba las ropas, me empujaba a la cama y mi inocencia era rota. La serpiente demente me agarraba del cuello, presionaba mis brazos y partía mi cuerpo. Yo tan solo era un príncipe solo y perdido, sin reina con vida y sin corte en mi auxilio. Abusaba la bestia del conejo cautivo, era cruel en el acto, pues la sangre es testigo. 

Era noche de caza cuando el lobo intentó apresarme, cuando el dulce conejo decidió rebelarse. Un jarrón en mis manos, una daga en el alma. Era él o era yo, no hay justicia sin calma. Con un solo plumazo, fue partida la crisma; el conejo era libre, mata ahora sin prisa. Corta lento su cuello, sin piedad ni malicia. Brota ahora su fuego, ya no mueve su cuerpo. No hay serpiente ni lobo, no hay un padre ni un cuervo. Solo un cuerpo difunto y el silencio en desvelo. 

Poco a poco las luces van volviendo a mi mundo, la esperanza y la vida regresando sin rumbo. Mas un ángel me llora, tras la puerta, no muy lejos. Es mi hija tan dulce, con dos lagos muy llenos. Mira un cuerpo en el suelo, no es mi padre, ya he vuelto. He matado a mi cisne, he cortado su cuello, he vivido el recuerdo, la he matado sin verlo. 

El cuchillo manchado descansaba a su lado, una espina en mis venas y mi corazón desolado.

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