Amelie abrió los ojos. Frente ella, un prado de límites inabarcables. Hierba alta y fresca cosquilleando sus rodillas, azucenas y jacintos combándose por la levedad de la brisa. De cuando en cuando, un árbol brotaba con su esplendor verdoso como de amanecer vespertino. En el cielo, un sol naranja que batallaba con la luna, llena, pero no entera, como si el Dios Niño le hubiese arrancado un mordisco.
Amelie parpadeó perpleja. Sus ojos claros, puros, veteados por el negro, piedras de cielo, decía Tata. “He llegado”, pensaba, “por fin he llegado. Después de tanto tiempo buscándolo”. En su mano, el cetro de roble, cedro y violetas. Aquella arma… Aquella arma llevaba con ella desde el principio. Desde que Jason la abandonó en el páramo durante la víspera de la luna roja. Aquella noche que se encontró a la Angosta, la Diosa rota, la que te ayuda en los momentos flacos a costa de saciar su hambruna. Desde luego, un cetro arcano valía el precio de perder un cuarto de tu alma.
Amelie era joven, guerrera, aventurera. Una muchacha como ninguna entre las chicas de su aldea. La más osada, inoportuna, temeraria. La única que se atrevió a denunciar a los Tres Grandes al precio que hiciera falta. La única expulsada, exiliada, la que ayudó a allanar la senda de tantas otras. Si no hubiera sido por lo que hizo, jamás habría conocido a Jason, jamás se habría enamorado, jamás la habría abandonado y jamás habría obtenido aquel cetro. Y sin el cetro, jamás habría llegado hasta la Urdimbre. El prado, aquel sitio, el lugar a donde llegan los Inconclusos.

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