Translate

Capítulo 1: Bestias encadenadas

    El werok soltó una dentellada a apenas unos centímetros de mi pierna. Si hubiera acertado, no solo se hubiese llevado consigo el trozo de tela morado que colgaba de sus fauces, sino que tendría un buen pedazo de muslo con el que deleitarse. Por mi espalda, uno de sus compañeros cogió carrerilla y se abalanzó sobre mi temblorosa forma. Casi por instinto, me di la vuelta y le asesté un golpe con el báculo que lo dejó tirado entre espasmos. Mi magia no estaba funcionando, ni siquiera aunque tuviera en mi poder una arma de nivel arcano como aquella. De no ser por los conocimientos de defensa que había aprendido desde pequeña en la aldea, no hubiera podido resistir tanto manteniendo a raya a aquellas criaturas. Más de una vez habían tratado de romper el círculo de luz formado por la hoguera, y todas ellas habían acabado como esta última. Los aturdía, pero siempre volvían.
     Varios de ellos tenían la cabeza inflamada por los golpes, la sangre les ensombrecía el pelaje o les goteaba una hilera roja por alguna parte. Uno de ellos, incluso, tenía la mandíbula desencajada hacia un lado, con la lengua bífida salivando sangre hacia el lado contrario. El aspecto de aquellos lobos deformes era sumamente escalofriante. Ya había escuchado antes historias en mi aldea, pero, sin lugar a dudas, ninguna era capaz de igualar a aquella noche. Habían aparecido de improvisto, mientras trataba de coger el sueño junto al calor crepitante de la hoguera. Lo primero que me alertó fueron unas pisadas sobre la arena. Fugaces, imperceptibles, como una brisa que levanta un par de granos y los devuelve grácilmente al suelo. Después, fueron las presencias, como una opresión sombría que se me agarró al pecho. Un cuchillo alzado a tu espalda, el monstruo bajo la cama que apoya en el cabecero sus garras. El último indicio fue el olor, ese olor como a carne seca que los caracteriza, “el olor a Parca”, decía Nana, una mezcla de vísceras y podredumbre con la que impregnan su pardo pelaje para no ser detectados. Por suerte, aquella semana en el Páramo había agudizado mis sentidos, por lo que, con el primer sonido, ya estaba preparada para asir el báculo mientras fingía seguir embelesada en mis sueños.
     Un paso impetuoso, y el cráneo sonó tan fuerte como una nuez reventada por un martillo. Aquel werok fue el único que conseguí matar de todos ellos. De un solo golpe. Quizás se debió a una fuerza sobrenatural despertada por el instinto de supervivencia, o quizás, por única vez, aquel báculo me había entregado el poder que la Angosta me había prometido. Fuera como fuera, no sería capaz de asesinar a seis werok golpeándolos con un arma de madera. Su estructura ósea era compacta y sus dientes y garras como guadañas. Un solo movimiento en falso y podría acabar con un órgano vital perforado o una arteria lacerada que me haría desangrarme en segundos. Sus ojos: dos gemas como la sangre, resplandecientes como rubíes. Dicen, incluso, que si le arrancas a uno de ellos los ojos, tardará unos segundos en convertirse en una de esas piedras, pero yo siempre he creído que solo era una excusa de los comerciantes para venderlas aún más caras.
     Uno muerto y seis en pie: dos de los vivos cojos, otro con la mandíbula rota y los otros tres apenas con heridas superficiales. Tenía que pensar alguna forma de salir airosa de esa situación. ¿Pero cómo? Ellos eran más, más fuertes y genéticamente programados para salir victoriosos en la caza. Hiciera lo que hiciera, era una derrota asegurada. Aun así, estrujé bien fuerte el báculo con ambas manos y bateé al lobo deforme que se había alzado en el aire. Su cuerpo impactó contra otro de ellos, haciéndolos rodar unos cuantos pasos. “Bien, eso me da tiempo, y por suerte me deja con dos cojos y uno que si me muerde podrá hacerme menos daño. El problema es el otro, ese que desde que comenzó la emboscada no ha tratado ni una solo vez de abalanzarse. Sabe que podría hacerles frente, lo siente. De algún modo, puede sentir el poder que del báculo emana”.


     Con un par de aspavientos, pude mantener a raya las dentelladas nerviosas. Ya habían comprobado que podía frenarles si alguno de ellos trataba de precipitarse, así no sería coherente arriesgarse cuando dos de los suyos estaban temporalmente fuera de combate. Dentro de poco, se darían cuenta de que podrían matarme. Un salto coordinado por un par de ellos y abrirían una brecha por la que los demás podrían colarse. A no ser…
     Enérgicamente, di un paso al frente y me dispuse a golpear a uno de ellos con un golpe contundente. Desde arriba, directamente en la cabeza, tan fuerte que podría matarle. Al momento, el werok al que amenacé y los otros dos a su lado retrocedieron con un salto, visiblemente intimidados. Pero no ocurrió lo mismo con los de mi espalda. Sin pensarlo, uno de ellos se abalanzó, creyendo que mi ataque iba a extinguirse al impactar contra la arena. Sin embargo, no llegué nunca a bajar los brazos, sino que cogí impulso y me giré con un golpe seco de mi báculo. La madera de roble y cedro se hundió en el estómago de la criatura, soltando un aullido que hizo dar un respingo a sus compañeros. Fue tal la fuerza que empleé en el movimiento que el cuerpo salió despedido varios metros rozándole por encima a uno de ellos e impactando contra una roca gigantesca. Por el chasquido que dio su columna, supe que ya nunca se levantaría.
    La verdad, ni yo misma podía creerme que hubiese funcionado. Había sido un movimiento arriesgado, uno que incluso podía haberme costado la vida. Pero había funcionado, lo que me dejaba con tan solo cinco weroks por los que preocuparme. Los dos que había aturdido ya estaban en pie, y al parecer más rabiosos que antes. En realidad, todos ellos parecían ansiosos, gruñían, babeaban, se desesperaban cada vez más por devorar su presa. Dudo mucho que soliesen dilatar tanto el momento del festín, pero se habían dado cuenta de que un ataque directo no sería capaz de someterme. Por eso, quizás, cambiaron su táctica ofensiva.
     De repente, como si por una especie de vínculo animal sus cerebros se conectasen, guardaron silencio. Rígidos, muy quietos, con la cabeza agachada en actitud amenazante. En aquella postura, las llamas danzaban en sus ojos como espíritus sanguíneos. Si antes ya me parecían terroríficos, tras adoptar esa actitud de cazador metódico, se me pusieron los vellos de punta. No parpadeaban, no mostraban dolencias por sus heridas e incluso parecía que ni siquiera respiraban. Como estatuas de sangre y arena, golems feroces invocados por un hechicero sumido en la locura. Una locura que, sin previo aviso, poseyó a los werok por completo.
     Al unísono, todos gruñeron, poniéndome en alerta con el báculo bien ceñido entre mis manos. Los tres que tenía en frente me mostraban los dientes, tan enloquecidos que temblaban de la tensión contenida. “Me están amenazando, pero esta forma de hacerlo es mucho más intensa que antes. Intensa, o…”. Fingida. Un cosquilleo recorrió de arriba abajo mi columna. Rápidamente, me di la vuelta, cogiendo impulso con el bastón para defenderme. Sin embargo, lo que encontré fue el peor de los escenarios posibles. Desde lados opuestos, dos weroks se abalanzaban con una inmensa dentellada, cada uno a una altura distinta. El de mi izquierda, directo a devorar mi muslo; el de la derecha, suspendido a la altura de mi cabeza, quizás, con el objetivo de lanzarse al cuello. Estaba perdida. Por más que intentara defenderme, era casi imposible golpear a ambos a tiempo. Eran inteligentes, mucho más de lo que me pareció entender al principio. Resignada, acepté la muerte, y dejé de hacer fuerza con los dedos.
     De entre la espesura de la noche, un fulgor como de agua besada por la luna se abrió paso. En el suelo, los dos werok que se habían alzado se retorcían de dolor, inmovilizados por aquel brillo difuso. Una cadena plateada, envuelta por un brillo azul cian, se enroscaba en sus cuerpos, tronchando sus patas en posturas sangrantes e imposibles. Con un tirón seco, los werok fueron arrastrados hacia las sombras soltando un aullido ahogado. Segundos después, un crujido horripilante me dio cuenta de su destino.
Estaba viva de milagro, y fuera quién fuera el responsable, había llegado en el momento oportuno. ¿Habría estado analizando la situación desde la distancia meditando si entrometerse? ¿Cuánto tiempo llevaba vigilándome? ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Pensaba que podría sacar provecho al salvarme la vida? ¿Quizás mi báculo?
     Antes de que pudiera reaccionar, otro werok saltó desde un lateral con las fauces abiertas. Apenas al segundo de levantar las patas del suelo, una nueva cadena apareció, agarrándole de una pata y tirando de él hacia las alturas. Esta vez, no fue tan discreto como antes, sino que lo estampó contra el suelo con tal potencia que me salpicó sangre y cachos de carne. Sin embargo, no se detuvo a pesar de que los quejidos fueran ya un hilo ahogado emanando del cuerpo informe, sino que continuó golpeándolo sádicamente hasta que la pata se desprendió del cuerpo. Obviamente, tuve que contener la arcada que subió por mi garganta. Carne machacada, vísceras por todas partes y un charco de sangre que hasta los dos weroks se quedaron mirando. Casi como si sintieran algo, casi como si no estuvieran a punto de atacarme los dos juntos en un ataque desesperado.
     No sé por qué, pero esta vez reaccioné. Elevé el báculo y golpeé en la cabeza a uno pegándole la mandíbula contra el suelo. Por el momento, le había frenado, pero debía aprovechar para rematarlo. “No, no hay tiempo. Queda otro”. Me giré hacia él y… “Mierda”. El werok había saltado y se encontraba a solo un palmo de mis ojos. Un tintineo de cadenas, y su sangre estalló en mi cara. Al abrir los ojos, encontré al werok partido por la mitad en el suelo, aún vivo, gimiendo, con los intestinos y órganos desperdigados. “¿Qué clase de persona hace esto? ¿Qué clase de magia? ¿Cómo tienes que estar de loco para matar de esta forma?”
    Casi como si quisiesen responder a mi pregunta, dos ojos resplandecientes del mismo tono gélido que las cadenas surgieron entre las sombras. Al momento, un rostro pálido dio un paso al frente. Fino, liso, delicado… aunque de facciones cortantes y precisas como una cuchilla. Al salir a la luz, su media melena blanca y ondulada y sus cejas como un arco tensado terminaron de otorgarle el aura que la envolvía. La camiseta cian a la altura de los pechos y su pantalón blanco roto y ajustado dejaban entrever una figura esbelta y definida. A cada paso que daba, las cadenas de sus botas en las que ambos colores se combinaban tintineaban ruidosamente, al igual que la cadena que le colgaba del cuello y las cientos de miles que se enredaban en sus muñecas. Su forma de avanzar era firme y decidida, ligeramente sensual, como si…
     —¿Es que no vas a matarlo? —preguntó de improvisto, dirigiendo la mirada al werok que había golpeado en la cabeza y que trataba de liberarse de un amasijo de cadenas. Al percatarme de él, volví a mirarla, lo cual causó una mueca de desaprobación— Es solo uno. Creo que te las apañas bien sola.
     Entonces, chasqueó los dedos, y las cadenas se desvanecieron soltando unas partículas resplandecientes. Sin pensárselo dos veces, el werok echó a correr y se abalanzó hacia mi brazo. “El báculo”. Apreté los dedos para usarlo, pero el aire fue lo único que encontraron mis manos. Rápidamente, busqué con los ojos por el suelo, pero no estaba por ningún lado. “Y aunque estuviera ahí, no hay tiempo. Lo tengo apenas a unos centímetros. Si no me muevo, estoy muerta. Muerta. Muerta. Muerta. ¡Amelie, reacciona!”
     Tomé aire y por un instante sentí como si el tiempo se detuviera. Como aquella vez, como la primera, como cuando salvé a las novicias en la aldea. Una brisa trepó por mis piernas arrebolando mi vestido, arremolinándose entre mis mechones castaños. Cerré los ojos, y me dejé arrastrar por aquella fuerza que se revolvía en mi pecho. Era como la corriente de un río, como la corriente de todos los ríos convergiendo en un solo sitio, en mí, en mi cuerpo, en un lago claro y sin fondo donde anidan los horrores del mundo. Un lago fiero, inquieto, embravecido, un lago a punto de desbordarse por los resquicios del propio cosmos. Un lago astral, divino, purpúreo, un flujo de estrellas que trepaba por mis brazos para escapar por mis dedos. Estaba lista. Era el momento.
     Solté el aire atrapado en mis pulmones y abrí los ojos sin miedo. Al hacerlo, un fulgor morado se generó en el hueco entre mis manos, como una madeja de energía que se retorcía amenazando con deshacerse. En mis ojos, el mismo brillo, la misma energía mágica, un destello que centelleaba en los rubíes que se encontraban suspendidos. Podía sentir todo el poder recorriendo mi cuerpo, el maná del mundo conectado con mi ser, su esencia, su aliento, su influjo, el hilo que recorre todas las cosas y las trenza en un sola. Era poderosa, podía llegar a ser poderosa, y, en aquel momento, podía permitirme ser poderosa. Sin tutores, sin leyes, sin los Tres Grandes, sin nadie de por medio a quién pudiese herirle. Solo yo, esa bestia, y el poder de una estrella condensada.
     Lo visualicé, y tiré de mis brazos hacia los lados. Al instante, la esfera duplicó su tamaño y liberó un rayo de energía tan inmenso que cubrió al werok por completo. Durante unos segundos, permanecí conteniendo el hechizo, visualizando los hilos de mi magia embravecidos en la esfera, tejidos por el rayo que cortó la noche y se embarcaba hacia el horizonte. Cuando dejé caer mis brazos, la magia se esfumó, y con ella el werok del que no quedó ni la más mínima ceniza. “Lo lograste, Amelie. Pudiste hacer uso de la magia. Sin peligro, sin bajas. Todo ha salido como debía. Sigues con vida. Siéntete orgullosa de seguir con vida”. Y, sin embargo, aún no podía bajar la guardia.
    Giré la cabeza hacia la chica y encontré la imagen que una parte de mí ya esperaba. El rostro desencajado, aún más pálido, y mi cetro sostenido sobre ella por dos de sus cadenas. Me lo había quitado en algún momento, sin que me diera cuenta, y me había forzado a que hiciera uso de la magia. “Si tiene un cetro arcano,”, habría pensado, “debe tener una magia poderosa. Así que veamos de qué es capaz esta niñata”. Me había puesto a prueba para analizar el potencial de mi magia, o, lo que es lo mismo, la amenaza que suponía para ella. ¿Pero para qué? ¿Quedarse con el cetro si moría? ¿Utilizarme de alguna forma si sobrevivía? Fuera como fuera, estaba viva, y no podía dejarme pisotear ni mostrar débil. En un mundo en el que el poder mágico lo es todo, una demostración de fuerza como la que había hecho no podía ser desaprovechada.
     —Como has visto, puedo apañármelas bien sola —presumí a la par que alargué el brazo con la palma hacia arriba.
     Había renunciado a demasiado a cambio de ese cetro, así que no iba a deshacerme de él tan fácilmente. Por suerte, la chica sonrió e hizo bajar las cadenas para coger el cetro. Cuando comenzó a andar, tuve que concentrarme para esconder el temblor en mi pierna derecha. Mareos, percepción del espacio distorsionada, un ligero ataque de ansiedad. Nada que no hubiera sufrido antes, nada que una máscara no pueda ocultar.
     Era una guerrera. Sí. Ellos me criaron para que lo fuera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario