Y estoy aquí solo, sin nadie a mi alrededor...
Nadie más por quien sufrir, nadie más a quien perder.
Es de noche y hace frío, pero eso ya da igual pues ahora estoy solo.
Tan solo quedamos la lluvia y yo en esta gélida noche de invierno.
Si ella puede caer sin más, sin que nadie pregunte el porqué, yo también puedo.
No hay nada más que me ate a este lugar...
Debo marcharme.
Debo dejar de ocupar este lugar.
Debo dejar mi sitio a otro pues ya no me queda nadie.
Ellos ardieron en aquel incendio cuando solo era un crío.
La gente que decía quererme, se marchó sin despedirse.
Y yo solo sin nadie en el mundo, perdí la cordura.
Sólo quedaba ella, la persona a la que más amaba.
Apareció cuando más lo necesitaba.
Y poco a poco recobré mi cordura perdida, gracias a ella.
Era lo que más amaba.
Pero un día que venía a visitarme, el accidente ocurrió.
Jamás pude volver a ver esos ojos que llenaban mi alma...
La persona que me había devuelto la esperanza...
Que me había devuelto la vida...
Y es entonces cuando estoy aquí, con los pies al borde del abismo.
Es ahora cuando estoy a punto de saltar...
De saltar hacia el vacío...
De hacer lo mismo que hace la lluvia...
Caer...
Caer...
Y caer...
Hasta dejar de existir.
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